domingo, 8 de julio de 2012

El nacimiento de la moderna fantasía europea


      E.T.A. Hoffman es el autor de obras fantásticas que más  ha influido sobre autores posteriores y al que se debe, con Edgar Allan Poe, el nacimiento del terror moderno: el interior, el nacido de la psique. Si existe alguna fuerza oculta ésta se encuentra dentro de nosotros mismos, de ahí la fascinación de Hoffman por el magnetismo y las experiencias oníricas.

      El clima de horror y el tremendismo de la novela gótica del siglo XVIII dieron paso al interés de los escritores románticos alemanes por la psique, aunque algunos conservaron su atracción por lo macabro y lo sobrenatural: se trataba de un gusto por lo oscuro, lo horripilante, por las encarnaciones físicas del mal, por seres de ultratumba que ejercían influencia sobre los vivos…, un gusto sobre el cual se proyectaba el miedo a la muerte, la certeza de la misma, la extinción de la carne. Los mitos y leyendas centroeuropeas suministraron abundantes figuras literarias, desde el vampirismo a la mandrágora de von Arnim (“Isabella von Ägypten”), pasando por el paraíso pagano donde vivió Tannhäuser  en Sortilegio de otoño (1808-1809) de Joseph von Eichendorff,  versión romántica de una famosa leyenda medieval: la de la estancia de Tannhäuser en el paraíso pagano de Venus, visto como el mundo de la seducción y del pecado. Esta leyenda -que Wagner transformaría después en ópera- será también la inspiración de otro cuento de Eichendorff, La estatua de mármol (1819), de ambiente italiano. Pero aquí el país del pecado es una especie de doble de nuestro mundo, un mundo paralelo, sensual y angustioso a la vez. Pasar de un mundo a otro es fácil, y volver a nuestro mundo no es imposible: pero el hombre que, después de haber sufrido el encantamiento y haber escapado, quería expiar sus culpas haciéndose ermitaño, al cabo opta por el mundo encantado y sucumbe ante él. Eichendorff es llamado el «cantor del bosque alemán». Junto con Brentano, es el poeta lírico más importante del romanticismo alemán. Tuvo gran influencia en la educación del sentimiento popular del paisaje.

     También es este apartado incluimos la novela Ondina escrita por el alemán Friedrich de la Motte Fouqué (1777-1843), publicada en 1811,  su autor se inspiró en el Libro de las ninfas, sílfides, pigmeos, salamandras y de otros espíritus, de Paracelso.


     Isabela de Egipto es una novela histórico fantástica que narra los primeros amoríos del rey Carlos V (I de España) allá en su Gante natal. Isabela es una gitana egipcia, que ayudada por una celestina llamada Braka, enamorará al rey para que no ataque más a su pueblo. Pues Armin se alimenta de una serie de tradiciones medievales que situaban el origen de los gitanos en Egipto y veían su errabunda vida como una maldición por haberse negado a socorrer a la Virgen y el niño durante su huida a Egipto. Isabela decide seducir a Carlos para que este cese las persecuciones contra su pueblo, lo reagrupe y le permita volver a su patria natal. Para que, además, la cosa sea más desmesurada aún, Braka e Isabela cuentan con la ayuda de un fantasma (el hombre de la piel de oso) y un alraune o mandrágora llamado Cornelius (esas raíces que crecen bajo el cuerpo de un ahorcado y que se convierten en una especie de homúculo) al que ha dado vida Isabela.

      Hasta un coetáneo y amigo del autor, E.T.A. Hoffmann, compuso una ópera también titulada Ondina, de la que Fouqué fue el autor del "libretto". Los hechos acaecen en unos paisajes extraños llenos de criaturas misteriosas. Uno de los personajes del relato abandona la ciudad a orillas del Danubio en la que vive, para perderse de manera involuntaria en el bosque negro que la rodea, terminando sin quererlo en una cabaña de pescadores apartada del mundo, en parte por las fuertes lluvias que asolan la región (que no es otro el motivo que los caprichos de un poderoso ser del agua), y en parte por estar arrinconada a las afueras de dicho bosque. Allí, el caballero conoce a la pareja de pescadores que mora en la cabaña, quienes tienen como hija adoptiva a un exquisito y caprichoso ser que parece ser más de lo que aparenta a simple vista. Una ondina es un ser fantástico de cabellos y ojos de agua, de pura belleza que atrae irremediablemente la mirada de los hombres, tal es su encanto.


Imagen procedente de “Ondina” del barón de La Motte-Fouqué, de ediciciones Miraguano en la colección Libros de los malos tiempos, traducción de Bravo Villasante, e incluye varios grabados de Will Bradley.

      Un precursor de esta literatura sería El manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki. En la España de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX Alphonse van Worden, oficial del ejército napoleónico, vive en sus desplazamientos por España, convertida en uno de esos espacios míticos, en un festival de ahorcados, enigmáticas princesas árabes, cabalistas, matemáticos, eremitas, bandidos, fantasmas, endemoniados e inquisidores. En 1965, el cineasta Wojciech J. Has la trasladó al cine, con música de Krzystrof Penderecki. El film constituye la respuesta europea a los delirios árabes de Las mil y una noches, la dilución de fronteras entre el sueño y la realidad. El deambular de van Worden por Sierra Morena refleja sus fantasías sexuales, sus continuos despertares rodeado de signos de muerte y descomposición, posadas misteriosas, serpientes que surgen de cofres llenos de joyas… En la segunda parte, “Cuentos de Madrid”, la España surreal cede su lugar a la picaresca, que hace pensar en El diablo cojuelo de Velez de Guevara. El surrealismo de la película hurga en la realidad para buscar pruebas de la existencia de un mundo subterráneo fantasmagórico o angelical, al que solo se puede acceder renunciando a la mediocridad.








      La Europa central de 1900 es la época del Cabaret Voltaire de Hugo Ball,  fundado el 5 de febrero de 1916 en Zúrich como un cabaret con fines artísticos y políticos. Se encontraba en la planta superior de un teatro de cuyas serias exhibiciones se burlaban las obras interpretadas en el cabaret. En él normalmente se experimentaba nuevas tendencias artísticas. Fue aquí donde algunos piensan que se fundó el Movimiento Dadá. Además, los surrealistas, corriente que descendía directamente del dadaísmo, solían usarlo como lugar de encuentro. También es la época de los cuadros de Edward Munch y Oscar Kokoschka, de los poemas de  Georg Trakl, del Woyzzeck de Alban Berg, de El Castillo de Barba Azul de Bela Bartók. Después siguió un gusto expresionista por lo tenebroso y lo macabro. La idea obsesiva por la muerte se observa en el film de Fritz Lang Las tres luces (Der müde Tod, 1921). En algunos relatos de Franz Kafka volvió a adquirir protagonismo el sueño, o mejor dicho, el estado de vigilia que media entre la consciencia y el sueño, ofreciendo grandes retratos de las ansiedades y miedos del hombre moderno. Lo mismo se dio en su compatriota Alfred Kubin en La otra parte, con fuertes alucinaciones en las que ve la ciudad invadida por animales y padece plagas de insectos, mientras la vida vegetal se hace cada vez más escasa. Johannes Schaff llevó al cine La otra parte con el título La ciudad de la libertad/Traumstadt, 1973, pero con escaso interés respecto al original.


Hugo Ball en el Cabaret Voltaire (Zurich, 1916)



Franz Kafka, Alban Berg 



Bela Bartók, Alfred Kubin

Edward Munch, El Grito 


Oscar Kokoschka


Ópera Wozzeck, de Calixto Bieito

En Wozzeck, como en otros montajes de Bieito, también hay desnudos integrales, sangre y violencia. Las propuestas de Bieito han sido tan alabadas como criticadas en los escenarios internacionales. (Teatro Real de Madrid / Javier del Real)








Fotografía de la película "Traumstadt" de Johannes Schaaf


       Los anglosajones recordaron el llamado Ciclo de la Vulgata y las leyendas celtas cantadas por William Butler Yeats en The Wild Swans at Coole, La rosa secreta y El crepúsculo celta. También hizo un recuerdo de la saga de Hanrahan el Rojo, de los cinco reinos de Irlanda y de la condesa Cathleen, la cual vendió su alma al diablo con el fin de dar de comer a su pueblo; los sidhe o mundo invisible de las hadas, de los ritos de la fertilidad (Beltaine y Shamhain), con los que se celebra la llegada de la primavera y la entrada del invierno.




      Beltene o Beltaine o Cétshamain es la segunda de las cuatro grandes festividades celtas, íntimamente asociada a Belenus, deidad de carácter solar y curadora. Se celebra el 1 de mayo y marca el comienzo del verano para los celtas. El ritual más frecuente es el de encender fuegos durante la noche, que “invitan” a que el sol vuelva a calentar la superficie de la tierra. En el siglo IX, en Irlanda, la noche de Beltaine se encendían dos hogueras y se hacía pasar al ganado entre ellas como rito de fertilidad. Las raíces de la fiesta «Halloween» proviene del inglés antiguo «All hallow's eve» y se traduce como «víspera de todos los santos», de ahí la fecha de su celebración  que se remontan al siglo VII o VI antes de Cristo, cuando los celtas, justamente el 31 de octubre, celebraban el «Shamain» o cambio de año. Shamhain era el dios de la muerte los «Druidas». Ellos celebraban el año nuevo el 1 de noviembre y se celebraba una fiesta la noche anterior en honor al dios de la muerte -31 de octubre-. Esta fecha marcaba el inicio del frío, oscuridad, decaimiento, es decir, el invierno; estaba asociada con la muerte del ser humano. Creían que «Shamhain» permitía a las almas de los muertos regresar a sus casas terrestres aquella noche, esto es, que «Shamhain» tenía autoridad sobre el mundo de los muertos y durante la noche del 31 de octubre las almas regresaban del más allá a visitar a sus familiares), de los Druidas, de las divinidades del panteón céltico-irlandés y de mitos como la Canción de los Poderes Inmortales.



Shamhain era el dios de la muerte los «Druidas». Ellos celebraban el año nuevo el 1 de noviembre y se celebraba una fiesta la noche anterior en honor al dios de la muerte -31 de octubre-. Esta fecha marcaba el inicio del frío, oscuridad, decaimiento, es decir, el invierno; estaba asociada con la muerte del ser humano. Creían que «Shamhain» permitía a las almas de los muertos regresar a sus casas terrestres aquella noche, esto es, que «Shamhain» tenía autoridad sobre el mundo de los muertos y durante la noche del 31 de octubre las almas regresaban del más allá a visitar a sus familiares.


      Las criaturas más míticas de la literatura fantástica Frankenstein y Drácula vieron la luz editorial en Inglaterra. Escribieron relatos fantásticos Charles Dickens, Walter Scott, Edward Bulwer Lytton, Rudyar Kipling, D.H. Lawrence, Hugo Walpole, E.M. Forster. Se dedicaron exclusivamente a la literatura fantástica Joseph Sheridan Le Fanu, Montague Rhodes James, Arthur Machen, Algernon Blackwood, Lord Dunsay, Cynthia Asquith, Vernon Lee, “Saki”, Margaret Oliphant, William F. Harvey.




       El apogeo de los relatos de fantasmas en Inglaterra coincidió con la llegada al país de un movimiento espiritualista proveniente de Hydesville (Nueva York). Robert Louis Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El barón de Ballantrae y Olalla; Herbert George Wells en La isla del Dr. Moreau, El alimento de los dioses, La guerra de los mundos, Los primeros hombres en la Luna, El hombre invisible, La visita maravillosa. Arthur Conan Doyle El perro de los Baskerville, La joya de las siete estrellas, el mejor relato sobre momias resucitadas. Henry James escribió la mejor historia de fantasmas Otra vuelta de tuerca. Montague Rhodes James, creador de un terror de biblioteca. Sheridan Le Fanu autor de Carmilla, La profecía de Cloosteed. Oscar Wilde con El retrato de Dorian Gray y El fantasma de Canterville.








      En el género fantástico francés destaca Gérard de Nerval, aunque también hay que contar con Téophile Gautier, Charles Baudelaire, Charles Nodier, Jean Lorrain, J.K. Huysmans y Petrus Borel con sus fantásticos Cuentos inmorales. En Bélgica destaca la obra de Jean Ray, con Malpertuis y Últimos cuentos de Canterbury. En Italia tenemos a Dino Buzzati con Barnabo de las montañas, El secreto del bosque viejo y El desierto de los tártaros.


      En España Manuel Jorreto, Pedro Antonio de Alarcón, Gaspar Núñez de Arce, Agustín Pérez Zaragoza, Luis García de Luna, Juan Tomás Salvany, Carlos Coello, José de Espronceda y El estudiante de Salamanca. Incursiones en lo fantástico han realizado Quevedo, Emilia Pardo Bazán (La resucitada), Pío Baroja (La sima), Vicente Blasco Ibáñez (La misa de medianoche, El préstamo de la difunta), Armando Palacio Valdés (Crótalos horridus), Wenceslao Fernández Flórez (Tinieblas) y Azorín (Fabia Linde). El más grande autor de cuentos fantásticos del siglo XIX es Gustavo Adolfo Bécquer. Tenemos a Emilio Carrere, excéntrico, y  La torre de los siete jorobados, llevada al cine por Edgar Neville en 1944.  



 



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